3 oct. 2012

Una pasión, las magdalenas


Erase una vez un profesor que adoraba tanto comer que no cabía por la puerta, entraba en las clases por la ventana.  El muñeco de Michelín es un fideo a su lado. Le tenían que hacer la ropa a medida, y solo podían ser vestidos. Era demasiado mayor para hacer deporte y siempre que le decían que debería comer más sano respondía “para lo que me queda ni tu ni nadie va a decirme que hacer.” Pero eso no era verdad por más de 50 años estuvo diciendo eso y nunca murió, a pesar de haber tenido varios infartos.

Daba clases a los alumnos del último grado, ultimo año diversión más absoluta, pero con él nunca fue así.  Les  hacia trabajar hasta que les sangraba el cerebro. ¿Queréis saber que enseñaba? Pues enseñaba idioma extraterrestre y era la asignatura más difícil que podáis imaginar. En clase trabajaba en silencio, como Ompalompas y en casa estudiaban toda la tarde. Todo su esfuerzo se iba al retrete en cuanto les ponían el examen en la mesa. Nadie consiguió más de un 2.

El día de entrega de los exámenes finales, estaba todos desesperados, llorando porque sabían que habían suspendo. Una de las alumnas entro comiendo una magdalena casera, que ella misma había hecho. Con una velocidad increíble para su peso se abalanzo encima de la chica y le quito la magdalena y se la comió de un bocado.

Se levanto y dijo, bueno si me traéis mañana una magdalena igual o mejor que la que acabo de comer os apruebo el examen, que por supuesto todos suspendisteis. La chica se levanto confundida, des golpe perdió toda la memoria y no savia ni quién era.

Jamás recupero la memoria y nadie consiguió hacer nada parecido a una magdalena así que todos suspensos.

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